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miércoles, 14 de abril de 2010

CARA DE ÁNGEL

Tiene “Cara de ángel” (Angel Face, Otto Preminger, 1952) varias de las constantes del cine negro (turbios intereses, atmósferas enrarecidas, fatalidad, muerte, etc.), pero envueltas en ese sentido del delirio tan caro a su director, autor de otras películas negras considerables (¿Angel o diablo?, Fallen Angel, 1945; Al borde del peligro, Where the Sidewalks Ends, 1949; Vorágine, Whirlpool, 1950) e incluso magistrales y míticas (Laura, 1944).

La femme fatale imprescindible, una de las más jóvenes, extrañas y letales que haya tenido el cine negro, fue encarnada por la siempre sensacional pero aquí particularmente memorable Jean Simmons (por cierto, fallecida poco ha). Pues bien, esta pérfida, sobre cuyo eje la película y todos sus elementos giran, vive con su padre (Herbert Marshall) y la segunda esposa de éste (Barbara O’Neill) en una mansión situada sobre la cumbre de una montaña (lo cual ya implica que va a haber una o varias caídas), enloquecida por el complejo de Electra y los consiguientes celos desmedidos hacia su madura pero aún atractiva madrastra. Ambiciosa no de bienes materiales sino de amores enfermizos, aficionada a tocar el piano para esconder su monstruosidad, y, sobre todo, interesada por la mecánica del automóvil, en su tela de araña de rostro seráfico, flequillo turbador y mirada hipnótica cae un conductor de ambulancias con toda la pinta de Robert Mitchum, retomando su rol de títere al servicio de una ángela caída tras su papel de la muy hermosa y mucho más conocida “Retorno al pasado” (Out of the past, Jacques Tourneur, 1947), con la que Angel Face comparte algunos grumos de guión.

Como anécdotas destacables, el que Mitchum se viera obligado a abofetear a Simmons repetidas veces hasta que cierta escena fue del gusto del director, el que el caballeroso Mitch acabase mostrando cómo debía ser el bofetón perfecto en la cara del mismo Preminger; que por aquel entonces la veinteañera bellísima Jean Simmons fuese el capricho del psicótico magnate Howard Hughes (como tonto), y que la peli no fuera vista en España hasta treinta años después de su estreno, por considerar la censura a la protagonista excesivamente retorcida (y no lo olvidemos, poderosa).

Soberbios los ojos de la actriz, capaces de pasar en un segundo de una mirada dulce y desvalida a otra nocturna y alevosa; sensación sostenida de lo funesto, a la que no es ajena la estupenda partitura de Dimitri Tiomkin, y final de finales, magníficamente planificado y rodado, y durísimo todavía hoy.

De esas películas que hay que ver para creer, y que después de vistas todavía cuesta creer. Pero es que la fascinación es a veces así…

domingo, 25 de marzo de 2007

SUCESOS EN LA CUARTA FASE

Supe por vez primera de "Sucesos en la cuarta fase" (Phase IV, Saul Bass, 1974) por una poderosa secuencia mostrada en un programa dedicado al cine, en su apartado de estrenos, en la que se veía a un personaje escondido tras un traje muy semejante al que protege a los astronautas caminando a duras penas por un paisaje desolado y portando un arma extraña. Al caer y romper el cristal de su escafandra, el hombre se la quitaba y enseñaba su desesperación a la cegadora luz del sol. A la secuencia se acompañaba un comentario que hacía alusión a hormigas asesinas. No olvidé aquellas escenas, aunque no conseguí identificar la película hasta años después, cuando me compré un VHS y me encontré en el video-club con una carátula en la que una mano humana era traspasada por una hormiga y, justo encima, un título tirando a ridículo que parecía aprovecharse del éxito de la mainstream "Encuentros en la tercera fase" (Close encounters of the third kind, Steven Spielberg, 1977). Como devorador de todo tipo de películas que uno es, y sin olvidar nunca aquellas escenas con no sé qué y su comentario rozando lo irrisorio, ni se me pasó por la cabeza no proceder al visionado de ésta, acto de vehemencia que me reportó grandes sorpresas: justo dentro de la carátula se hallaban aquéllas escenas del pasado, en el marco de otras muchas en verdad espeluznantes.
Lo que la película cuenta es descabellado, pero lo hace con tales sentido de la lógica y rigor científico, que sólo se puede hablar de "Phase IV", mejor la llamaremos por su título original, como la película de cine fantástico más racionalista de la historia.
Un extraño fenómeno en el universo, ¿un choque de cuerpos celestes?, produce una no menos extraña fuente de energía que hace que nuestras hormigas adquieran inteligencia. Primero las distintas especies fórmicas dejan de luchar entre sí y se unen para hacer que sus enemigos más próximos, arácnidos, mantis, escarabajos, desaparezcan de su entorno. En segundo lugar, o segunda fase, las hormigas se enfrentan al hombre, representado en las figuras de dos científicos y una chica, única superviviente de una familia de granjeros, que se atrincheran en un laboratorio-domo. Los humanos intentan la comunicación, pero al comprobar que no es posible, proceden a destruir a los insectos recurriendo al clásico insecticida...pero las hormigas reaccionan creando otras resistentes a través de una reina convertida en fábrica de ultragenética. La chica intenta salvar a sus compañeros saliendo al exterior, pero fracasa. Uno de los científicos muere, y el otro sale también al exterior para enfrentarse en soledad a la amenaza. Su reencuentro con la joven revela que ésta ya no es la que era, sino que, según una hipótesis a la que el film te ha arrastrado dejándote poco lugar para otras alternativas, es una nueva reina creada a imagen y semejanza de la joven...¿con qué fin? En verdad aterrador: su unión al científico superviviente, cuidadosamente seleccionado, para crear una nueva raza. Da comienzo entonces la “Phase IV” del título, justo cuando la película termina.
Una idea genial con un desarrollo genial, una mirada semejante a la que surge de las facetas de la hormiga, fría y analítica, y una progresión geométrica de los hechos a tono con el avance implacable de los insectos en sus determinaciones se conjugan y dan lugar a una película de tesis que no sólo no aburre sino que produce un creciente interés. La tesis: en igualdad de condiciones intelectuales, la hormiga derrotaría al hombre sin grandes problemas merced a su especialización, adaptabilidad y gregarismo. Tras la cámara, Saul Bass, un hombre conocido por haber diseñado alguna escena gloriosa como la muerte de Janet Leigh en la ducha de aquel motel hitchcockiano, y títulos de crédito en ocasiones mucho más memorables que la película a la que servían de promesa (La gata negra, Walk on the wild side, Edward Dmytryk, 1962). No es de extrañar que haya sido él el creador de esta obra maestra sin ninguna clase de parangón, tristemente desconocida, parte ya de la genética de alguno de mis más silenciosos terrores.